sábado, 28 de mayo de 2011

Destino: Trinidad

Lo primero que oímos fue un fuerte PUM, el mismo que despertó los viajeros que se habían quedado dormidos durante la travesía, y después, gritos. Los pasajeros que se encontraban junto a las ventanas de la derecha miraban aterrorizados el ala del avión, y un humo negro salía del mismo motor.

La mayoría de los pasajeros éramos niños, en concreto veintisiete, en un viaje de despedida del instituto, rumbo a la isla caribeña de Trinidad. Solíamos ser treinta y uno, pero los cuatro rezagados no tenían permiso para acompañarnos, pura suerte, sino, se encontrarían  en el avión en el momento en que por un fallo técnico saltó una chispa y comenzó a arder el motor derecho...
El resto de pasajeros eran los profesores que nos acompañaban, y otras personas  que no conocía, y a decir verdad, no me interesaba conocer, y menos en ese momento. Puesto que la embarcación era pequeña (y nuestro presupuesto bajo, por lo tanto, barata) no había mas tripulantes.

El avión dio una sacudida y sobre nuestras cabezas se encendió una luz verde "Abróchense los cinturones" dijo una voz y acto seguido las mascarillas de oxígeno salieron del techo.
Vimos como caíamos al mar a una velocidad vertiginosa. Solo se oían gritos y chillidos de espanto, y con fuertes forcegeos, el piloto trataba de elevar el avión, para que la caída no fuese del todo mortal.


No se como, y me temo que no lo llegaré a saber, pero la mañana siguiente me desperté, no sin un fuerte dolor de cabeza, sobre mi asiento del avión. Oía algún que otro gemido, y me incorporé. Un tumbo atacó mi cabeza, y por un momento mis ojos se nublaron, pero seguí buscando a alguien más con vida. Mis ojos se cruzaron con una ventana, y frente a ellos, una playa de arena blanca y fina, desierta, pero al fin y al cabo, estábamos a salvo en tierra.




La lista de supervivientes se reducía a veintiséis personas. Todos niños. Los cuerpos del piloto y copiloto yacían cubiertos de sangre y cristales. Los cuerpos de las azafatas los encontramos inertes sobre el suelo del avión, con distintas contusiones sobre el cuerpo, y el resto de adultos habían muerto en un intento de salvarnos la vida. Pero éramos veintiséis. Un compañero había desaparecido. Nunca lo llegamos a encontrar.

Hicimos un último recuento e inspeccionamos el avión. Todo lo útil lo sacamos a la playa, pero la comida que encontramos la dejamos en el avión para evitar que se calentase y estropease.
En una pequeña maleta encontré una pequeña radio que por suerte tenía pilas, y con una bolsita de plástico con más pilas dentro para recambio.
No se cómo llegó a ocurrir pero capté una frecuencia española. Apagué inmediatamente la radio. Necesitábamos saber si nos estaban buscando, y para ello la radio tenía que funcionar. Era nuestra única esperanza.

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